A nadie le encanta levantarse a las seis y media de la mañana para ir a clase, pero desde pequeños, no pensábamos en las clases, los profesores, ah ah, lo único que queríamos era llegar a la guardería/colegio/instituto y ver a nuestros amigos. Con ellos compartimos un millón de cosas:
risas, llantos, juegos, ilusiones, desilusiones, amores y desamores, aprobados y suspensos...
Sabías que dentro de lo malo de tener que madrugar y pasarte una mañana o incluso un día entero encerrado en un edificio siempre los tendrías e ellos al lado.
Pero... ¿Qué pasa ahora?
La mayoría nos hemos graduado y muy pocos seguimos en el mismo pueblo que antes. Nuestros nuevos institutos o universidades están llenos de gente desconocida a la que te tendrás que acostumbrar para poder convivir. Empieza una nueva vida.
Y... ¿Qué quedó de esos amigos?
Si, de momento los sigues viendo, algunos cada semana, otros cada dos, cada mes, o incluso solo en las vacaciones. Parece difícil imaginar que puedas echar de menos a alguien al que ves cada sábado y con quien hablas un par de veces entre semana. Pero sí, se echa de menos.
Aunque muchos de vosotros penséis que esos amigos se olvidan pronto, o que no se echan tanto de menos, que durante la semana no piensas en ellos... Os equivocáis.
Pero bueno, se supone que es parte de la vida. Forma parte de la madurez de una persona el comprender estas situaciones y saber llevarlas lo mejor posible.

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